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ELMILLONARIOINSTANTANEO

EL MILLONARIO INSTANTANEO

EL MILLONARIO INSTANTANEO

UN RELATO CLARO Y ESTIMULANTE PARA TRIUNFAR 


 

 

1 En el que el joven consulta a un pariente rico

 Había una vez un joven brillante que quería hacerse rico. Había sufrido ya una buena cantidad de desilusiones y fracasos, esto no se podía negar, pero, a pesar de todo, todavía confiaba en su buena suerte.Mientras aguardaba que la fortuna le sonriera, tra­bajaba como ayudante de un director de cuentas en una agencia de publicidad de segunda fila. Estaba mal paga­do y, desde hacía tiempo, encontraba que su trabajo le ofrecía muy pocas satisfacciones. Y ya había perdido todo entusiasmo.Soñaba con hacer otra cosa. Tal vez escribir una no­vela que le hiciera rico y famoso, acabando así, de una vez por todas, con sus problemas financieros. Pero, ¿no era su ambición, digamos, poco realista? ¿Tenía de ver­dad la técnica suficiente y el talento necesario para escri­bir un libro que fuera un éxito de ventas, o llenaría las páginas en blanco con las pesimistas reflexiones que le dictaba su amargura?Su trabajo se había transformado en una pesadilla diaria desde hacia ya más de un año. Apenas si podía soportar al jefe, que se pasaba gran parte de las mañanas le­yendo el periódico y escribiendo memorandos antes de desaparecer para ir a disfrutar de un almuerzo de tres ho­ras. Además, su jefe había perfeccionado el arte de cam­biar de opinión y no cesaba de dar órdenes contradicto­rias, algo que no contribuía a mejorar la situación.Tal vez, si sólo se hubiera tratado de su jefe... pero, desgraciadamente, estaba rodeado de colegas que tam­bién estaban hartos de lo que estaban haciendo. Parecían haber abandonado cualquier ambición, haber renuncia­do por completo a cualquier mejora. No se atrevía a men­cionar a ninguno de ellos sus fantasías de abandonarlo todo y convertirse en escritor. Sabía que pensarían que se trataba de una broma. Se encontraba apartado del mun­do como si estuviera en un país extranjero y fuera inca­paz de hablar el idioma local.Cada lunes por la mañana, se preguntaba cómo de­monios haría para sobrevivir una semana más en la ofici­na. Se sentía completamente ajeno a las carpetas que se apilaban sobre su escritorio, a las necesidades de sus clientes que clamaban por vender sus cigarrillos, sus co­ches, sus cervezas...Seis meses antes, había escrito una carta de dimi­sión, y había entrado una docena de veces en la oficina del jefe con la carta quemándole en el bolsillo, pero ja­más había conseguido reunir el valor necesario para se­guir adelante. Resultaba curioso porque, hace tres o cua­tro años, no hubiera vacilado ni por un instante. Pero en ese momento no parecía tener claro lo que debía hacer. Algo le estaba reteniendo, una especie de fuerza, ¿o era simplemente cobardía? Parecía haber perdido el valor que, en el pasado, siempre le había permitido conseguir lo que deseaba.Tal vez el hecho de haber ido dejando transcurrir el tiempo a la espera de que apareciera el momento opor­tuno, intentando buscar excusas para no pasar a la ac­ción, preguntándose si alguna vez conseguiría triunfar, le había convertido en un perpetuo soñador...¿Se debía su parálisis al hecho de que estaba cargado de deudas? ¿O era simplemente porque había comenzado a envejecer (un proceso que, inevitablemente, se pone en marcha en el instante en que renuncias a tu visión de fu­turo)?A decir verdad, no tenía la menor idea de cuál era el problema. Y entonces un día, en el que se sentía par­ticularmente frustrado, pensó de pronto en un tío suyo que daba la casualidad de que era millonario. Su tío po­día, tal vez, estar en condiciones de ofrecerle algún buen consejo o, mejor aún, prestarle un poco de dinero.Su tío, que era conocido como una persona amisto­sa y de buen corazón, accedió de inmediato a recibirle, pero se negó, de manera rotunda, a prestarle suma de di­nero alguna, alegando que con ello no le haría ningún favor.—¿Qué edad tienes? —le preguntó, después de ha­ber escuchado el relato de sus cuitas.—Treinta y dos —susurró con timidez el joven. Sa­bía muy bien que la pregunta de su tío estaba cargada de reproches.—¿Sabías que, cuando tenía veintitrés años, John Paul Getty ya había conseguido su primer millón? ¿Y que yo, a tu misma edad, tenía medio millón? Así que ¿cómo es posible que, con lo mayor que eres, te veas for­zado a pedir dinero prestado?—No lo sé. Trabajo como un esclavo, a veces más de cincuenta horas a la semana.—¿De verdad crees que trabajar esforzadamente es lo que hace rica a la gente?—Yo... yo creo que sí... bueno, al menos, es lo que me enseñaron a creer.—¿Cuánto dinero ganas al año... 15.000 libras es­terlinas?—Sí, más o menos, esa es la cantidad —contestó el joven.—¿Crees que alguien que gana 150.000 libras traba­ja diez veces más horas a la semana que tú? ¡Desde luego que no! Sería físicamente imposible: una semana no tiene más de 168 horas. Así que, si esta persona gana diez ve­ces más que tú, sin trabajar más de lo que tú trabajas, en­tonces tiene que estar haciendo algo muy diferente de lo que haces tú. Debe de poseer un secreto del cual ni si­quiera has oído hablar.—Supongo que así es.—Tienes suerte de haber comprendido por lo menos esto. La mayoría de la gente ni siquiera llega tan lejos. Están demasiado ocupados tratando de ganarse la vida como para detenerse y pensar en cómo se podrían libe­rar de sus problemas de dinero. La mayoría de la gente ni siquiera gasta una hora de su tiempo tratando de ima­ginar cómo podrían hacerse ricos y de preguntarse por qué nunca han conseguido hacerlo.El joven tuvo que admitir que, a pesar de sus gran­des ambiciones y sus sueños de ganar una fortuna, tampoco se había detenido a pensar realmente en su si­tuación. Todo parecía distraerle, impidiendo que se en­frentara con esta tarea que, a todas luces, era de fun­damental importancia.El tío del joven permaneció en silencio unos instan­tes, y después miró a su sobrino fijamente a los ojos mientras en sus labios se formaba una sonrisa amable aunque un tanto irónica. Entonces le dijo:—Escucha, he decidido ayudarte. Te enviaré al hombre que me ayudó a convertirme en millonario de un día para el otro, o como mínimo a conseguir la men­talidad de un millonario. Pero dime, ¿de verdad quieres hacerte rico?—Más que nada en el mundo.—Este es el primer requisito. El principal. Pero no es suficiente. También necesitas saber cómo.El joven se encogió ligeramente de hombros, indi­cando que estaba de acuerdo.Entonces, su tío le dijo:—El Millonario Instantáneo vive en F__. ¿Sabes dónde está?—Sí, pero nunca he estado allí.—¿Por qué no lo intentas? Ve a verle. Tal vez esté dispuesto a revelarte su secreto. Vive en una casa fan­tástica, la más bonita de toda la ciudad. No tendrás nin­guna dificultad para encontrarla.—¿Por qué no me revelas tú el secreto aquí y aho­ra? Así no tendría que tomarme la molestia de ir hasta allí.—Simplemente porque no tengo el derecho a hacer­lo. Cuando el Millonario Instantáneo me lo confió, lo primero que hizo fue hacerme prometer que jamás se lo revelaría a nadie. Sin embargo, sí me dijo que podía de­cirle a cualquiera dónde lo había aprendido.Al joven, todo esto le pareció tan sorprendente como complicado. Pero también despertó su curiosidad.—¿Estás seguro de que no me puedes decir nada más?—Completamente seguro. Lo que sí puedo hacer es recomendarte muy calurosamente al Millonario Instan­táneo.Y sin decir nada más, su tío sacó de uno de los cajo­nes de su escritorio de roble macizo, una elegante hoja de papel de carta, cogió su pluma y, rápidamente, escri­bió unas cuantas líneas Luego, dobló la carta, la guardó en un sobre que selló y, con una sonrisa en los labios, se la entregó a su sobrino.—Aquí tienes tu presentación —dijo—. Y aquí tie­nes la dirección del millonario. Una última cosa. Promé­teme que no leerás esta carta. Si lo haces, probablemente ya no te será de utilidad... Pero, si llegas a abrirla, a pe­sar de mi advertencia, y todavía deseas que te pueda ser­vir, entonces tendrás que simular que no la has abierto. Pero ¿cómo puedes deshacer lo que está hecho?El joven no tenía ni la más remota idea acerca de lo que decía su tío, pero no quiso preguntar. Su pariente siempre había tenido la reputación de ser un excéntrico. Y, después de todo, le estaba haciendo un favor. Así que decidió no insistir sobre el tema. Le dio las gracias y se marchó. 

2 En el que el joven conoce a un anciano jardinero

 Aquella misma tarde, marchó a toda prisa a F__. ¿Le resultaría muy difícil conseguir llegar a cono­cer al Millonario Instantáneo? ¿Estaría dispuesto a reci­bir a un visitante inesperado y a revelarle su método se­creto para hacerse rico?Aunque estaba a punto de llegar a la casa del millo­nario, el joven no fue capaz de seguir resistiéndose a la curiosidad y, a pesar de las palabras de advertencia de su tío, abrió la carta que su pariente tan bondadosamente había escrito para él. Boquiabierto, se preguntó si no ha­bría alguna equivocación o si su tío había querido gas­tarle una broma: ¡la carta no era más que una hoja de papel en blanco!Disgustado, estuvo a punto de desprenderse de ella, pero en ese momento vio la casa del millonario y a un guardia de seguridad, que probablemente le vería si arrojaba el papel. Como era de esperar, el guardia tenía una expresión impenetrable, sin el menor atisbo de una sonrisa. De hecho, parecía tan impenetrable como la «inexpugnable fortaleza» que debía proteger.—¿Qué puedo hacer por usted? —le preguntó el guardia, con voz tajante.—Quisiera conocer al Millonario Instantáneo...—¿Tiene usted una cita?—No, pero...—Bueno, entonces, ¿tiene usted una carta de pre­sentación? —le preguntó el guardia.¡Desde luego que tenía una, pero no había nada es­crito en ella! No le costó mucho al joven pensar en una estratagema que podía sacarle de esta situación. Sacó a medias la carta del bolsillo y, rápidamente, la volvió a ocultar. Sin embargo, el guardia no se dio por satisfe­cho.—¿Podría ver la carta, por favor?Ahora estaba en un aprieto. Pensó: «Si le doy la carta pensará que estoy tratando de engañarle. Y si no se la doy, tampoco me dejará pasar».Se enfrentaba a lo que parecía un dilema imposible de resolver.Entonces, recordó las palabras de su tío que, en su momento, no había entendido: «Si abres la carta, ten­drás que simular que no la has abierto».¿No era ésta la única cosa que le quedaba por ha­cer? Le entregó la carta al guardia que, por decir algo, digamos que la leyó. Su rostro permaneció totalmente inexpresivo.—Muy bien —dijo, devolviéndole la carta al jo­ven—. Ya puede usted pasar.El guardia le condujo entonces hasta la puerta de entrada de la lujosa casa de estilo Tudor donde vivía el millonario. Un mayordomo, impecablemente vestido, le abrió la puerta.—¿Qué desea el señor? —preguntó.—Quiero ver al Millonario Instantáneo.—Está ocupado y no puede recibirle en este preciso momento. Tenga la bondad de esperarle en el jardín.El mayordomo acompañó entonces al joven hasta la entrada de un jardín que tenía el aspecto más propio de un parque. En el centro había un estanque. El joven pa­seó un rato, admirando los hermosos árboles. Mientras lo hacía, vio a un jardinero que aparentaba tener unos setenta años. Estaba inclinado sobre un rosal para po­darlo, y un sombrero de paja de amplias alas le ocultaba los ojos. Cuando el joven se acercó, el jardinero inte­rrumpió su trabajo para darle la bienvenida. Le sonrió. Sus ojos azules, brillantes y alegres, eran de una edad tan indefinida como el cielo.—¿Para qué ha venido usted aquí? —le preguntó con una voz cálida y amistosa.—He venido a conocer al Millonario Instantáneo.—Ah, ya veo. ¿Y con qué intención, si no le impor­ta que se lo pregunte?—Bueno, yo... yo simplemente quiero pedirle su consejo...—Obviamente...El jardinero parecía estar a punto de volver a ocu­parse de su rosal cuando se lo pensó mejor y le pre­guntó:—Vaya, por cierto, ¿no tendría por casualidad un billete de cinco?—¿Un billete de cinco? —exclamó el joven, sonro­jándose—. Pero si eso es... pero si es todo lo que tengo, cinco libras.—Perfecto, es justo lo que necesito. Aunque a todos los efectos parecía que estuviera pidiendo limosna, el jardinero mantenía una actitud muy digna. Sus maneras denotaban una gracia y un en­canto excepcionales.—De verdad que me agradaría poder dárselas —re­plicó el joven— pero el problema es que no me quedará ni un céntimo para poder volver a casa.—¿Tiene usted la intención de volver hoy mismo a su casa?—No... quiero decir, no lo sé —respondió el joven, que ahora estaba bastante confuso—. No quiero mar­charme sin haber visto antes al Millonario Instantáneo.—Pero si usted no necesita hoy el dinero, ¿por qué se muestra tan reacio a prestármelo? Tal vez tampoco lo necesite mañana. ¿Quién sabe? Quizá mañana ya sea usted millonario.Este razonamiento no le pareció del todo lógico al joven, pero carecía de la fuerza necesaria para plantear nuevas objeciones. Así que, cuando el jardinero le vol­vió a pedir el dinero, se lo entregó. En el rostro del jar­dinero apareció una sonrisa.—La mayoría de la gente tiene miedo a pedir las co­sas y, cuando finalmente se deciden a hacerlo, entonces no insisten lo suficiente. Es un error.En aquel momento, el mayordomo se presentó en el jardín y se dirigió al anciano en un tono de voz muy res­petuoso.—Por favor, señor, ¿podría darme cinco libras? El cocinero se marcha hoy e insiste en que se le pague el di­nero que se le debe. Me faltan cinco libras.El jardinero sonrió. Metió la mano en uno de sus bolsillos y sacó un grueso fajo de billetes. Debía de te­ner miles de libras, con todos esos billetes de veinte y cincuenta que el joven alcanzó a ver. El jardinero cogió el billete de cinco libras que el joven había aceptado prestarle a regañadientes y se lo entregó al mayordomo, que le dio las gracias, hizo una reverencia un tanto ob­sequiosa y rápidamente desapareció en el interior de la casa.El joven estaba indignado. ¿Cómo era posible que el jardinero tuviera la cara dura de apropiarse de las úl­timas cinco libras que le quedaban en el mundo cuando tenía los bolsillos llenos de billetes?—¿Por qué me ha pedido usted las cinco libras? —murmuró el joven, haciendo lo imposible para ocul­tar la furia que sentía—. ¡Usted no las necesitaba!—Claro que las necesitaba. Fíjese. No tengo ni un solo billete de cinco libras —le explicó, mientras le en­señaba el grueso fajo de billetes—. ¿No pensará usted que le iba a dar un billete de cincuenta libras, verdad?—¿Por qué demonios lleva usted tanto dinero enci­ma?—Es mi dinero de bolsillo —replicó el jardinero—. Siempre llevo 10.000 libras por si acaso las necesito.—¿10.000 libras? —tartamudeó el joven, sorprendidísimo.De pronto, todo se le hizo muy claro: el mayordo­mo tan cortés, la increíble cantidad de dinero de bolsi­llo...—Usted es el Millonario Instantáneo, ¿verdad?—Por el momento —contestó el jardinero—. Me alegra que haya venido. Pero dígame, ¿quién le envía?—Mi tío, mister MacLuckie.—Ah, sí. Ahora le recuerdo. Vino a verme hace ya muchos años. Era un pensador muy original, como to­dos los hombres que se hacen a sí mismos, por cierto. Pero dígame, ¿cómo es que usted todavía no es rico? ¿Se ha planteado alguna vez con seriedad esta pregunta?—La verdad es que no.—Entonces, tal vez es la primera cosa que debería hacer. Si usted quiere, puede pensar en voz alta delante mío. Yo intentaré seguir el hilo de sus razonamientos.El joven hizo unos débiles intentos pero, finalmen­te, renunció al esfuerzo.—Ya veo —dijo el millonario—. No está usted acostumbrado a pensar en voz alta. ¿Sabe que hay mu­chísimos jóvenes de su misma edad que ya son ricos? Algunos de ellos hasta son millonarios. Otros están a punto de conseguir su primer millón. ¿Y sabe usted que Aristóteles Onassis tenía veintiséis años y 350.000 li­bras en el banco cuando dejó América del Sur y vino a Inglaterra, donde soñaba con montar su imperio na­viero?—¿Sólo veintiséis? —preguntó el joven.—Así es. Y cuando comenzó únicamente disponía de 250 libras. No tenía ningún título universitario ni oficio alguno y, desde luego, tampoco tenía contactos... Pero ahora es la hora de ir a comer —comentó el ancia­no—. ¿Le gustaría acompañarme?—Con mucho gusto. Gracias.El joven siguió al Millonario Instantáneo que, a pe­sar de su edad, todavía caminaba con agilidad. Entra­ron en la casa y fueron hasta el comedor donde la mesa ya estaba preparada para dos.—Por favor, siéntese —le invitó el Millonario Ins­tantáneo.Le señaló la cabecera de la mesa, el lugar gene­ralmente reservado al anfitrión. Él, por su parte, se sentó a la derecha de su joven invitado, directamente en frente de un hermoso reloj de arena que tenía gra­bada la siguiente inscripción: EL TIEMPO ES ORO. El mayordomo se presentó con una botella de vino y lle­nó las copas.—Bebamos por su primer millón —dijo el millona­rio, levantando su copa.Él bebió un sorbo, el único que tomó durante toda la velada. También comió con mucha frugalidad: tan sólo unos pocos bocados de un delicioso filete de sal­món.—¿Le agrada lo que hace para ganarse la vida? —le preguntó el millonario al joven.—Supongo que sí.—Asegúrese de estar convencido de ello. Todos los millonarios que he conocido, y he conocido a unos cuantos en el transcurso de los años, amaban sus ocu­paciones. Para ellos, trabajar se había convertido casi en una actividad de recreo, tan agradable como un pa­satiempo. Es por eso por lo que la mayoría de los ricos muy pocas veces se toman vacaciones. ¿Por qué tienen que privarse de algo que les gusta tanto? Hacerlo no se­ría más que mortificarse. Y ésta también es la razón por la cual continúan trabajando aún después de hacerse varias veces millonarios... Ahora bien, aunque disfrutar con el trabajo que se hace es algo absolutamente im­prescindible, la verdad es que no es suficiente. Para ha­cerse rico, se tiene que conocer el secreto. Dígame, ¿al menos cree que este secreto existe?—Sí, lo creo.—Bien, este es el primer paso. La mayoría de la gente no lo cree. Además, ni siquiera creen que puedan hacerse ricos. Y tienen razón. Nadie que piense que no puede hacerse rico, llegará a conseguirlo. Tiene que co­menzar por creer que puede hacerlo, y después anhelar­lo apasionadamente. Pero debo añadir que mucha gente, la mayoría de hecho, no están preparados para acep­tar este secreto, incluso aunque se les revele en términos muy simples. En realidad, su mayor impedimento es su propia falta de imaginación. Esta es, en el fondo, la ra­zón por la cual el verdadero secreto de la riqueza es el mejor guardado del mundo. Es un poco como la carta robada en el cuento de Edgar Alian Poe —prosiguió el Millonario Instantáneo—. ¿Lo recuerda usted? Es aquel sobre una carta que la policía buscaba en la casa de al­guien y que no encontraba porque, en vez de estar ocul­ta en algún lugar, estaba colocada en un sitio que nadie se podía imaginar: ¡a la vista de todo el mundo! Este re­lato ilustra a la perfección uno de los principios de Emerson. Lo que impidió a la policía encontrar la carta fue su falta de imaginación, o, si lo prefiere, sus ideas preconcebidas. No esperaban encontrársela allí, así que nunca lo hicieron.El joven escuchaba atentamente al millonario. Nunca nadie le había hablado de esta manera y sentía una profunda curiosidad. Ardía por descubrir cuál era el secreto. De cualquier manera, una cosa era bien cier­ta; aunque este hombre en realidad no conociera el se­creto, evidentemente había sido un genio a la hora de montar la escena. Y sobre todo, sabía cómo explicar las cosas de una manera sencilla y clara, a menos que todo aquello no fuera más que un número de ilusionismo magníficamente puesto en escena. 3 En el que el joven aprende a valorar las oportunidades y a correr riesgos Ahora, después de todo lo que ha escuchado, ¿cuánto dinero estaría usted dispuesto a pa­gar para conseguir el secreto de la riqueza?La pregunta del millonario le pilló por sorpresa. Pero respondió:—Aun en el caso de que yo estuviera dispuesto a pagar para conseguirlo, no tengo ni un penique. Por lo tanto, lo que usted me formula es una pregunta muy di­fícil de responder.—Pero, si usted tuviera el dinero, ¿cuánto estaría dispuesto a pagar? —insistió el millonario y, después, añadió rápidamente—: Diga una cifra, la primera que le venga a la cabeza.Ahora tenía incluso más excusas para evadir la pre­gunta. El millonario le estaba pidiendo una respuesta muy concreta y él no podía fallarle a su anfitrión.—No lo sé —contestó—. ¿Cien libras...?El millonario estalló en carcajadas; era la primera vez que el joven le oía reír. Una risa muy particular, cla­ra y cristalina.—¿Sólo cien libras? En realidad no cree que exista, ¿verdad? Si lo creyera, no hay duda de que estaría dis­puesto a pagar mucho más. Vamos, le daré una segunda oportunidad. Diga otra cifra; esto no es un juego sino un asunto muy serio.El joven comenzó a pensar. Haría cualquier cosa en el mundo para que el millonario no se volviera a reír. Pero tampoco quería mencionar una cifra que le pudie­ra comprometer.—No me importa participar en este juego —dijo—. Pero recuerde que no tengo ni un penique.—No se preocupe.—Pero sin dinero, tengo las manos atadas —repli­có el joven, un tanto sorprendido.—¡Vaya por Dios! —exclamó el millonario—. ¡Te­nemos un largo camino por delante! Desde los tiempos más remotos, los ricos han estado utilizando el dinero de los demás para amasar sus fortunas. Nadie que se tome esto en serio ha necesitado jamás del dinero para hacer dinero. Me refiero al dinero propio. Además, us­ted debe llevar encima su talonario de cheques...Al joven le habría gustado poderle responder que no. Sin embargo, por esas ironías del destino, aquella misma mañana se había metido el talonario de cheques en el bolsillo. Y no sabía por qué, ya que tenía exacta­mente 2,28 libras en la cuenta. Y eso no era suficiente para permitirse despilfarres. El joven no se lo hubiera pensado dos veces antes de responder con una mentira, pero el millonario tenía una mirada muy penetrante, en apariencia capaz de escrutar hasta el último rincón de su mente. Entonces, casi como si estuviera confesando uno de sus más íntimos y terribles secretos, se oyó a sí mismo responder tartamudeando:—Sí, sí que lo he traído.En este momento, se descubrió a sí mismo sacando el talonario de su bolsillo, de la misma manera en que lo hubiera hecho un robot obedeciendo las órdenes de su amo, a pesar de que, por un momento, le atravesó por la mente la idea de rebelarse. Se sentía dominado por aquel hombre, como alguien que hubiera caído en las manos de un hipnotizador. Sin embargo, no tenía miedo del millonario, que irradiaba buena voluntad, aunque sus maneras eran un tanto irónicas.—Excelente —replicó el millonario—. ¿Ahora ya está convencido de que no hay problema alguno?Le quitó el capuchón a una elegante pluma y se la entregó al joven.—Escriba la cantidad que ha pensado y firme el cheque.—Pero es que no sé qué cantidad escribir.—Está bien. Escriba, digamos unas... 10.000 li­bras.El millonario pronunció esta cifra con toda tran­quilidad, sin la menor señal de arrogancia. El joven, en cambio, casi se cayó de espaldas de la impresión. Aquí no cabía más que una sola explicación: el millonario se estaba divirtiendo a su costa... a menos que sólo fuera un brillante estafador.—¡Diez mil libras! —exclamó el joven—. Usted debe de estar de guasa.—Si lo prefiere, escriba 20.000 libras —replicó el millonario, con tanta calma que el joven ya no supo si le hablaba en serio o si se estaba burlando de él.—¡Pero si las 10.000 libras ya me parecen demasiado! De todas maneras, usted no podría cobrar el cheque porque no hay fondos. Y, por mi parte, lo único que conseguiría es que el director del banco se enfadara conmigo pensando que me he vuelto loco o algo pareci­do. ¡Y tendría toda la razón!—Esta es exactamente la manera en que conseguí hacer el negocio más grande de toda mi vida. Firmé un cheque por 100.000 libras y después tuve que echar a correr como un desaforado para conseguir el dinero con que cubrirlo. Pero, si no hubiera extendido ese cheque en aquel lugar y en aquel momento, hubiera perdido una excelente oportunidad. Aquella fue una de mis primeras lecciones importantes en cuestiones de negocios —prosiguió el anciano—. Las personas que pierden el tiempo esperando las condiciones per­fectas para que todo encaje, jamás consiguen hacer nada. ¡El momento ideal para la acción es AHORA! Y otra lección que esta pequeña anécdota le puede ense­ñar es ésta: si usted quiere triunfar en la vida, tiene que estar bien seguro de que no tiene más alternativas. Tie­ne que sentir que está contra las cuerdas. Las personas que vacilan y se niegan a correr riesgos con el pretex­to de que no tienen todos los elementos en su mano, jamás llegan a ninguna parte. La razón es simple. Cuando te han cerrado todas las puertas y no tienes salida, debes poner en juego todos tus recursos inte­riores. Y, en este punto, quieres que algo suceda con todas las fibras de tu corazón. ¿Así que por qué duda ahora, joven? Póngase contra las cuerdas y extienda este cheque de 10.000 libras para mí.El joven así lo hizo; escribió lentamente primero las cifras y luego las palabras. Pero, cuando llegó el mo­mento de firmarlo, descubrió que no lo podía hacer.—Nunca he extendido un cheque por semejante suma en toda mi vida.—Si usted quiere convertirse en millonario, algún día tendrá que empezar a hacerlo. Tiene que acostum­brarse a firmar cheques por sumas mucho más grandes que ésta. Esto es sólo el comienzo.Aun así, el joven siguió sin poder firmarlo en ese preciso momento. Todo ocurría tan deprisa. Estaba a punto de entregarle un cheque por 10.000 libras a un hombre al que acababa de conocer y que le ofrecía a cambio un secreto más que dudoso.—¿Qué es lo que le impide firmar? —preguntó el millonario—. Todo es relativo bajo el sol. En menos de nada, esta cantidad le parecerá irrisoria.—No se trata de la cantidad —susurró el joven que, a esas alturas, a duras penas sabía lo que decía.—Bueno, entonces, ¿de qué se trata? El joven estaba a punto de responderle cuando el millonario le interrumpió:—Yo sé por qué no puede firmarlo. En realidad, us­ted no cree que mi secreto le convertirá en millonario. Si usted estuviera absolutamente convencido firmaría en seguida.Y para asegurarse de que podía convencerle, o me­jor dicho, para ilustrar sus palabras con mayor clari­dad, el millonario añadió:—Si usted realmente estuviera seguro de que este secreto le ayudará a ganar 50.000 libras en menos de un año, sin tener que trabajar más de lo que trabaja ahora, e incluso trabajando menos, ¿firmaría el cheque?—Pues claro que lo firmaría —manifestó el joven, al no quedarle otra opción—. Tendría una ganancia de 40.000 libras.—Pues entonces, fírmelo. Yo le garantizo formal­mente que usted podrá ganar dicha cantidad.—¿Estaría usted dispuesto a ponerlo por escrito? Una vez más, el millonario se echó a reír y exclamó:—Me agrada usted, joven. Está dispuesto a cubrir­se las espaldas. A menudo, esta es una medida muy prudente. A pesar de que le esté asegurando totalmen­te sus recursos, usted no se fía de la primera persona que se le cruza por el camino.Luego, se puso de pie, rebuscó en uno de los cajo­nes del escritorio y sacó un formulario impreso que, a buen seguro, ya había utilizado en ocasiones similares. Esto no le sentó bien al joven. ¿Acaso aquel anciano ha­bía hecho de su secreto un negocio? ¿Se lo estaría ven­diendo a cualquiera que se presentara a la puerta de su casa pretendiendo ganar dinero a espuertas?El millonario escribió la garantía y se la entregó al joven. Éste le echó una rápida ojeada y, al parecer, que­dó satisfecho con lo que había leído. Entonces, el ancia­no cambió de opinión.—Se me ocurre otra idea —dijo—. ¿Qué le parece si hacemos una apuesta?Sacó una moneda del bolsillo y comenzó a arrojar­la al aire para recogerla con la palma de la mano.—Juguemos a cara o cruz. Si pierdo, le daré las 10.000 libras en efectivo que tengo en el bolsillo. Si gano, usted me dará el cheque. En cualquier caso, nos olvidaremos de la garantía.El joven se tomó su tiempo para pensarse una pro­posición tan poco corriente. No era una mala idea. De hecho, resultaba tan atractiva que se preguntó cuál se­ría el motivo que tenía el anciano para proponerla. Le parecía demasiado buena para ser honesta.—El único problema —dijo— es lo que ya le he di­cho antes. En el banco sólo tengo calderilla. Si le diera este cheque, usted no podría cobrarlo.—Eso no es un problema —afirmó el millonario—. No tengo prisa. Estoy dispuesto a esperar hasta la pró­xima vez que nos veamos. ¿Por qué no le pone fecha de aquí a un año?—Está bien. Bajo estas condiciones, acepto la apuesta.Ahora, había llegado a la conclusión de que, en el peor de los casos, tendría todo un año por delante para cambiar de banco, cerrar su cuenta o, simplemente, or­denar que no pagaran el cheque. Tendría que haberlo pensado antes. No tenía nada que perder. Y, con esta nueva oferta del millonario, hasta podría llegar a ganar 10.000 libras en unos segundos, sin trabajar para con­seguirlas.No pudo evitar la sonrisa de satisfacción que pasó fugazmente por sus labios. Se sintió culpable, y deseó que el millonario no se hubiera dado cuenta, aunque parecía un personaje al que no se le escapa nada. En aquel preciso momento, éste le pidió una pequeña acla­ración que confirmó, en el acto, las dudas del joven.—Sólo un pequeño detalle. En el caso de que usted pierda la apuesta, me gustaría que jurara solemnemente que hará honor a este cheque.El joven se sonrojó. Este viejo es más astuto que un zorro, pensó. El millonario parecía leer sus pensamien­tos como si fueran un libro abierto. El joven le dio su palabra, aunque en el momento en que el millonario se disponía a arrojar la moneda, le interrumpió brusca­mente:—¿Me permite ver la moneda? —le preguntó.El millonario sonrió y respondió:—Ya no me cabe ninguna duda. En realidad, joven, usted me cae bien. Es cauto. Esto le ayudará a evitar muchos errores. Pero asegúrese de que esto no le haga perder un montón de buenas oportunidades.Entonces el millonario le entregó amablemente la moneda, y tan pronto como el joven hubo examinado con todo cuidado ambas caras, le pidió que escogiera.—Cruz —pidió el joven.El Millonario Instantáneo arrojó la moneda al aire. ¡El corazón del joven comenzó a latir a toda prisa! Era la primera vez en su vida que tenía la oportunidad de ganar 10.000 libras, ¡una cantidad nada despreciable por cierto! Y mientras miraba cómo la moneda daba vueltas en el aire, su ansiedad fue en aumento. La mo­neda rodó sobre la mesa y, por fin, se quedó quieta.—¡Cara! —anunció el millonario, alegre, aunque de inmediato agregó con simpatía—: Lo siento.Era difícil saber si lo decía con sinceridad o por pura cortesía.El joven decidió entonces firmar el cheque. Pero aun así no pudo dejar de temblar un poco mientras lo hacía. Probablemente, llegaría el día en el que estaría acostumbrado a firmar cheques tan grandes como ése, pero, de momento, se sentía bastante raro. Le entregó el cheque al millonario, quien lo examinó rápidamente, para después doblarlo y guardárselo en el bolsillo.—Y ahora —dijo el joven—, ¿puedo saber el secre­to?—Desde luego —replicó el millonario—. ¿Tiene us­ted un trozo de papel? Se lo daré por escrito. Así no se le olvidará.Al joven le costó trabajo digerir estas palabras.Aquel hombre no pretendería decirle que todo el secre­to cabía en una sola hoja de papel, ¡un secreto que aca­baba de comprar por 10.000 libras!—Lo siento. No llevo ninguna encima. Entonces el millonario hizo que el corazón le diera otra vez un vuelco al preguntarle:—Pero ¿no traía usted una carta de presentación? Las personas que me ha enviado su tío a lo largo de los años siempre han venido con una de esas cartas.El joven todavía la conservaba. La sacó de su bolsi­llo, pensando que al anciano no se le pasaba nada por alto.Se la entregó, sin dejar de observarle mientras la abría. Pero él no pareció sorprenderse lo más mínimo cuando vio que estaba en blanco. Tomó su pluma, se apoyó sobre la mesa y antes de comenzar a escribir, le­vantó la cabeza y le pidió al joven que fuera a buscar al mayordomo.—Le encontrará usted en la cocina, al final del pa­sillo que está allí —le dijo.Cuando el joven regresó en compañía del mayor­domo, el millonario ya estaba cerrando el sobre. Por su sonrisa, parecía estar muy satisfecho consigo mismo.—Nuestro joven invitado pasará la noche con no­sotros —le dijo al mayordomo—. ¿Podría acompañarle a su habitación, por favor? —Después le estrechó la mano como si estuviera cerrando uno de los tratos más importantes que hubiera hecho en toda su vida—•. Lo único que quiero pedirle es que espere hasta estar a so­las en su habitación para abrir el sobre y leer el secre­to... Ah, y otra cosa más. Antes de que pueda usted leer lo que he escrito, tiene que prometerme que dedicará parte de su vida a compartir este secreto con otras personas menos afortunadas que usted. Si está de acuerdo, usted será el último a quien le transmitiré el secreto di­rectamente. Así mi trabajo se habrá acabado y podré dedicarme a cuidar mis rosas en un jardín mucho más grande. Si no está dispuesto a compartir este secreto —dijo, por último- todavía está a tiempo de echarse atrás. Pero en ese caso por supuesto, no debería abrir el sobre, y yo le devolveré el cheque. Podrá marcharse a su casa en cuanto lo desee y continuar con el tipo de vida que estaba llevando hasta este mismo momento.Ahora que, por fin, tenía en sus manos la carta que contenía el famoso secreto, no habría fuerza suficiente en el mundo que se la hiciera devolver. Su curiosidad era más fuerte que nunca.—Lo prometo —replicó. 

4 En el que el joven se encuentra prisionero

 Muy pronto se encontró completamente solo en su habitación; era tan lujosa que no pudo menos que revisarla de arriba a abajo. Al parecer, se había ol­vidado por completo de la preciosa carta que tanto le había costado obtener. Se acercó a la única ventana que tenía el cuarto, situada a una gran altura con respecto al suelo, y miró hacia el parque. Desde allí se podía ver hasta el jardín donde había atisbado, por primera vez, al millonario que cuidaba de sus rosas con tanto cariño.Ahora era de noche, pero la luna llena lo cubría todo con un manto fosforescente. El joven ardía de im­paciencia. Por fin iba a descubrir el secreto para hacer fortuna que le había eludido durante tantos años.Abrió el sobre, desplegó la carta y se dispuso a leer­la. ¡Y así lo hubiera hecho si la hoja de papel que tenía ante sus ojos no hubiera estado completamente en blan­co! Le dio la vuelta. ¡Tampoco había ni el más mínimo trazo! Había sido tan tonto como para dejarse estafar por el anciano. ¡Le había entregado un cheque por una cifra exorbitante a cambio de un secreto que no existía!Y no lo entendía, porque el millonario le había tratado con tanta corrección en todo momento, que hasta había comenzado a sentir un cierto aprecio por este anciano que parecía un ser tan honesto. Entonces comprendió que tendría que haber sido más cuidadoso, que había algo de cierto en el dicho de que la gente honrada nun­ca se hace rica.Se vio forzado a admitir que carecía de sentido co­mercial y, probablemente, esta fuera la razón por la que había caído en la trampa del anciano.Le invadió un sentimiento de rebelión, y, en un ata­que de rabia, rompió la carta en dos pedazos y los arro­jó sobre la gruesa y suave alfombra. Su único consuelo era que hacer el ridículo no mataba a nadie; de lo con­trario, no hubiese dado un centavo por su vida.¿Qué podía hacer? Había algo irreal en todo el asunto. Se había dejado llevar a una trampa muy bien preparada. Sólo le quedaba una alternativa: escapar tan rápido como le fuera posible. Tal vez hasta estuviese en peligro. Tenía que tomar una decisión y tomarla depri­sa. No quería pasar la noche en ese lugar.Lo más aconsejable sería escabullirse tan silencio­samente como pudiera. Caminó de puntillas hasta la puerta y, lentamente, hizo girar el picaporte. ¡Maldi­ción! La puerta estaba cerrada con llave por fuera. Se encontraba prisionero. La ventana era la única salida que le quedaba. Corrió hacia ella. La abrió sin proble­ma alguno, pero se dio cuenta que estaba a unos diez metros del suelo. Si saltaba, con toda seguridad, se partiría el cuello. Mejor pensar en otro camino para la fuga. Ahora la única esperanza que le quedaba era lla­mar al mayordomo. ¿Qué otra cosa podía hacer? De­saparecer silenciosamente en medio de la noche era algo que evidentemente estaba fuera de sus posibilida­des.Tiró del cordón de la campanilla y esperó. Nadie se presentó.Volvió a llamar. Nada.En la casa reinaba el más absoluto silencio. Todo el mundo debía estar durmiendo. Tal vez la campanilla ni siquiera funcionaba. En ese caso, lo único que podía hacer era ponerse a gritar. Pero eso no lo podía hacer de ninguna de las maneras. ¿Qué sucedería si el millonario estuviera actuando de buena fe, a pesar de que a todas luces parecía lo contrario? Quedaría como un tonto, por haber despertado a todo el mundo en mitad de la noche.Finalmente, decidió que le convenía dormir. Sin embargo, no le resultó tan fácil. Los episodios del día desfilaban sin cesar ante sus ojos. A pesar de todos los argumentos que imaginó, con nada pudo vencer la sen­sación de ridículo que le embargaba. La hoja de papel en blanco que había comprado por 10.000 libras conti­nuaba flotando ante sus ojos como si se estuviera bur­lando de él. Por fortuna, el sueño le libró de esta pesa­dilla que le acechaba despierto. Comenzó a soñar con un extraño que le insistía una y otra vez para que fir­mara un grueso documento de la mayor importancia como si le fuera la vida en ello. Él protestaba con vehe­mencia. Tenía que tratarse de un error: el documento estaba completamente en blanco. 

5 En el que el joven aprende a tener fe

 A la mañana siguiente se sentía como si le hubiera pa­sado un camión por encima. Como una última ironía, la brisa que entraba por la ventana había levan­tado la carta infame y reunido, como por arte de magia, los dos trozos de papel al pie de la cama. Fue la prime­ra cosa que vio cuando, por la mañana, abrió los ojos y, una vez más, se sintió invadido por la furia. Había dor­mido sin quitarse la ropa y ahora sus prendas estaban completamente arrugadas, pero no le dio la menor im­portancia. Sólo pensaba en una cosa: buscar al anciano, devolverle su secreto y conseguir que él le devolviera el cheque. El joven se contempló en el espejo el tiempo su­ficiente para darse cuenta de que tenía un aspecto ho­rrible, lo que aún aumentó más su determinación.Se pasó los dedos por los cabellos un par de veces y se dirigió a la puerta recordando, en ese instante, que durante la noche había estado cerrada con llave y que, tal vez, todavía le tuvieran prisionero. Estaba abierta. Salió furioso y se encaminó hacia el comedor.Encontró al Millonario Instantáneo sentado tranquilamente a la mesa, vestido con las mismas prendas que llevaba el día anterior: el mono de jardinero, senci­llo, limpio y, sorprendentemente, raído. Su gran som­brero puntiagudo y de alas anchas, que se parecía al de una bruja excepto que era de paja, estaba sobre la mesa delante de él. En ese momento, estaba ocupado en lan­zar una moneda al aire y contar. Había llegado hasta ocho.—Nueve —murmuró, sin apartar la mirada de la moneda—. Diez.Pero antes de pronunciar el número once, exclamó: «¡Maldición!». Levantó la cabeza mientras recogía la moneda.—Jamás he conseguido sobrepasar los diez —co­mentó—.Saco cruz diez veces seguidas y entonces, in­variablemente, sale cara en la tirada once, a pesar de que siempre la lanzo de la misma manera.Un pensamiento cruzó como un relámpago por la mente del joven. Se dio cuenta en el acto de que la no­che anterior le habían engañado por partida doble. No hubiera tenido la oportunidad de ganar la apuesta eli­giera lo que eligiera.—Mi padre, que era un mago, siempre conseguía llegar a las quince —le explicó el millonario—. Yo no he heredado su talento.El joven pidió ver la moneda. Después de que el mi­llonario se la entregó alegremente, comenzó a tirarla sobre la mesa.Cara. Cruz. Cara. Cruz. Era obvio que no era una moneda trucada, a menos que tuviera un mecanismo se­creto que se le hubiera pasado por alto.—No hubo nada deshonesto en nuestra apuesta de ayer —dijo el millonario—. Simplemente, hice una demostración de mi habilidad manejando el dinero. Ade­más, no es la primera vez que la gente ha llegado a la misma conclusión. Confunden habilidad con deshones­tidad.El joven no supo qué responder a esta observación. Entonces, recordó el asunto que le había llevado hasta allí. Agitó la carta en el aire y la lanzó sobre la mesa.—Hizo usted una excelente faena al estafarme, se­ñor. Consiguió con toda facilidad una buena suma: 10.000 libras por un trozo de papel en blanco.—No está en blanco. Es el secreto de la fortuna —le corrigió el millonario.El joven, que esperaba que el millonario le pidiera disculpas por este lamentable malentendido, replicó:—Bueno, tendrá que darme una explicación. ¿Me ha tomado usted por un idiota?—¿Un idiota? Desde luego que no. A usted simple­mente le falta perspicacia. Es bastante normal. Su men­te todavía es joven e inmadura.—Puede que tenga usted razón, pero aún soy capaz de reconocer una hoja de papel en blanco cuando veo una, y el hecho es que usted me ha jugado una mala pa­sada.—No sé qué más quiere usted. Le aseguré que po­dría llegar a ser muy rico con sólo este trozo de papel. Eso fue todo lo que necesité yo para convertirme en el millonario instantáneo en aquel entonces, cuando... Pero, dado que no tengo mucho tiempo y pronto ten­dré que volverme a ocupar de mis queridas rosas, le ayudaré. Escúcheme con atención, porque tan pronto como aplique este secreto con éxito, tendrá que expli­cárselo a otros. Una vez que usted se haya librado a sí mismo de los grilletes de la pobreza, tendrá que enseñar el camino a todos aquellos que todavía están ata­dos de pies y manos. ¿Puedo pedirle que repita la pro­mesa que me hizo ayer?No cabía la menor duda, ¡el millonario era el hom­bre más extraordinariamente persuasivo que había co­nocido en toda su vida! Tan sólo hacía unos pocos mi­nutos, estaba dispuesto a maldecirle con toda la locuacidad que únicamente poseen los jóvenes, ¡y ahora prácticamente estaba comiendo de la palma de su mano!La idea de negarse a lo que le pedía ni siquiera se le pasó por la cabeza. Una vez más, repitió su solemne ju­ramento. El rostro del millonario se iluminó con una sonrisa, una sonrisa tan extraña como la que le había mostrado el día anterior cuando lo vio por primera vez.—Estoy dispuesto a revelarle a usted el secreto, dado que no ha sido capaz de descubrirlo por sí mismo. Pero debo advertirle una vez más que probablemente le parecerá demasiado fácil para ser cierto. Aun así, no permita que la simplicidad le engañe. Cada vez que co­mience a dudar, recuerde a Mozart. El verdadero genio reside en la simplicidad. Dado que usted todavía es jo­ven, tendrá dudas en los inicios. Sin embargo, con el tiempo, a medida que la riqueza se sienta atraída mag­néticamente hacia usted de la forma más inesperada, comenzará a comprender.—Seré sincero con usted —dijo el joven—. Esto es exactamente lo que estaba esperando con todo mi cora­zón: comprender.—Pues mucho mejor. La fe sigue rápidamente a la auténtica comprensión. Una vez que haya comprendi­do el secreto, entonces sabrá por qué usted cree en él. Pero, al principio, a pesar de su simplicidad, este secreto le resultará tan sorprendente que será incapaz de comprenderlo, o tan siquiera de creéserlo. Así que le ruego que haga un pequeño acto de fe. Es un poco como el escéptico que intenta relacionarse con Dios. Si Dios existe, usted lo habrá ganado todo debido a su fe. Si no existe, tampoco perderá nada. Esto mismo vale para el secreto. 6 En el que el joven aprende a concentrarse en una meta Tiene toda la libertad para formularme cualquier pregunta que se le ocurra —dijo el millona­rio—. Será un placer para mí contestarlas. Muy pronto, usted ya no podrá hacerlo, y dado que el tiempo que nos queda para estar juntos es limitado mejor que no lo desperdiciemos en discusiones sin sentido. ¿Tiene usted un trozo de papel?—Aquí está.—¿De verdad quiere usted hacerse rico?—Pues sí.—Muy bien. Entonces, escriba la cantidad de dine­ro que desea y cuánto tiempo se asigna a sí mismo para conseguirla. Este es el misterioso secreto de la fortuna.El joven pensó que, una vez más, el Millonario Ins­tantáneo le estaba tomando el pelo. Preguntó:—¿De verdad cree usted que el dinero comenzará a lloverme del cielo sólo porque yo escriba un par de nú­meros sobre un papel?—Sí, lo creo —fue todo lo que el millonario consi­deró que debía decir—. Su reacción no me sorprende en lo más mínimo. Ya le advertí que el secreto era muy simple y, sin embargo, a usted le ha sorprendido igual... Permítame que añada otro punto antes de que intente aclarar un poco más las cosas. Todos los millonarios que he conocido me han confesado que se hicieron ricos en el momento en que se fijaron una cantidad y un tiem­po límite para conseguirla.—Lo lamento pero sigo sin entenderle. ¿Qué bien me puede reportar que yo escriba una cifra y una fe­cha?—Si usted no sabe adonde quiere ir, lo más proba­ble es que jamás consiga llegar a ninguna parte.—Tal vez, pero esto me parece a mí un toque de magia.—Y de eso se trata exactamente: el secreto mágico de un objetivo cuantificado. Consideremos el problema desde otro ángulo. Supongamos que está usted inten­tando conseguir un empleo. Da todos los pasos necesa­rios y, finalmente, le citan para una entrevista. Poco después, le dicen que está entre los candidatos. Luego, le anuncian que el trabajo es suyo y que ganará un mon­tón de dinero. ¿Cuál sería su reacción? Para empezar, se sentiría muy satisfecho consigo mismo. Ser elegido en­tre docenas, tal vez centenares, de candidatos. ¡Qué proeza! Y dado que los empleos están más bien escasos y usted lleva tres meses sin trabajar, o tal vez ya tenga un empleo, pero desde hace un año lo aborrece, piensa que ésta ha sido una racha de buena suerte. Pero, una vez que se le ha pasado la euforia inicial, ¿cuál sería su siguiente reacción?—Bueno, me gustaría saber cuándo comenzaría en mi nuevo empleo. Después, querría saber exactamente qué querían decir con lo de «un montón de dinero».Como todas las cosas son relativas en este mundo ma­terial, trataría de descubrir exactamente el monto del salario que me iban a pagar y los beneficios que me ofrecerían.—Me ha quitado usted las palabras de la boca. Pero si, por ejemplo, usted le pregunta a su nuevo jefe qué quería decir cuando hablaba de «un montón de di­nero», y todo lo que hace él es afirmar que, en efecto, usted ganará una buena cantidad, no habrá avanzado mucho más, ¿no es cierto? Y lo que es peor, usted pro­bablemente comenzará a dudar de su honradez. El he­cho de que se niegue a decir una cifra exacta significará que quizás esté ocultando algo un poco turbio en todo el asunto o que su salario no será tan generoso como le está diciendo. Y si además, rehúsa decirle la fecha exac­ta en que se supone que deberá comenzar a trabajar, tampoco se sentirá muy feliz, ¿no es así? Usted intenta­rá que se defina.—Supongo que sí—asintió el joven, sin ver fallo al­guno en los planteamientos del anciano.—Y si, a pesar de su insistencia, usted sigue sin conseguir los detalles que desea, entonces podría darse el caso de que decidiera no esperar más, renunciar al empleo y comenzar a buscar en otra parte. De hecho, esa actitud estaría plenamente justificada.—Tiene usted toda la razón, ya que en ese caso, o bien me estaría tanteando o se trataría simplemente de un estafador. Tendría que admitir que, lo mirara como lo mirara, ese empleo deja mucho que desear.El millonario parecía tan satisfecho como lo hubie­ra estado Sócrates después de haber tenido una sesión especialmente ardua de preguntas y respuestas con sus discípulos. Hizo una pausa antes de proseguir, y sin abandonar su sonrisa un tanto burlona pero bien inten­cionada, dijo:—Hace unos momentos, las preguntas que le for­mulaba a su imaginario empleador tenían como objeti­vo conseguir unos datos concretos. ¿No es así? El solo hecho de saber que iba a ganar un montón de dinero no era suficiente. Usted también quería saber cuánto gana­ría. Saber que había conseguido el empleo, tampoco le bastaba. Usted también quería saber la fecha exacta en que comenzaría a trabajar. Además, probablemente us­ted deseaba que todo esto quedara reflejado por escrito porque un contrato da respaldo a un acuerdo verbal. Desde luego, la palabra de una persona debería ser sufi­ciente. Pero las palabras se las lleva el viento y la letra permanece. Lo mismo ocurre en la vida. La mayoría de la gente no se da cuenta, o al menos la gente que no triunfa, que la vida nos da exactamente aquello que le pedimos. Lo primero que se debe hacer, sin embargo, es pedir exactamente lo que queremos. Si su petición es confusa, lo que reciba también lo será. Si usted pide el mínimo, recibirá el mínimo. Y no debe sorprenderse si esto es lo que recibe. Después de todo, es lo que ha pe­dido.El millonario se aseguró de que el joven estuviera entendiendo el hilo de su razonamiento, antes de prose­guir:—Cualquier petición que usted haga debe estar for­mulada de la misma manera. Sobre todo, debe ser abso­lutamente precisa. En lo que a la riqueza se refiere, de­bemos establecer una cantidad y una fecha límite para conseguirla. Pero ¿qué hace la gente normalmente? Hasta los que quieren dinero en abundancia cometen el mismo error. Si quiere una prueba de ello, pregúntele a cualquiera qué cantidad de dinero desea ganar el año próximo. Pídale que responda de inmediato. Si esta per­sona está realmente en el camino del éxito, si sabe adonde va, y no le importa confiar en usted, estará en condiciones de responderle de inmediato. Sin embargo, nueve de cada diez personas serán incapaces de contes­tar con claridad a una pregunta tan simple. Este es el error más común. La vida quiere saber exactamente qué se espera de ella. Si usted no pide nada, tampoco conse­guirá nada.—Ahora hagamos esta misma prueba con usted —continuó el anciano—. Me ha dicho que quiere ha­cerse rico.—Así es.—¿Podría decirme entonces cuánto desearía ganar el año próximo?El joven descubrió, de repente, que no sabía qué contestar. No había tenido problemas en seguir los ra­zonamientos del anciano. De hecho, estaba de acuerdo con él de todo corazón. Pero, aun así, tenía que admitir que pertenecía a esa inmensa mayoría de personas que, aunque deseaban hacerse ricas, no sabían, en realidad, cuánto deseaban ganar. Se sintió avergonzado y enro­jeció.—No lo sé —se vio forzado a admitir—. Pero creo que acabo de comprender uno de mis errores, tal vez el error fundamental.—Por supuesto que es un error grave. Intentaremos corregirlo. Vamos. Escriba la cantidad en la que ha pen­sado.—De verdad que no tengo ni la menor idea —mur­muró el joven.—Y, sin embargo, es tan fácil. Escriba la cantidad que le gustaría ganar a partir de hoy hasta la misma fe­cha del año que viene. Ya sé qué haremos. Tómese unos minutos para pensarlo, pero después tendrá que escribir una cantidad. En cuanto a la fecha límite, digamos un año a partir de ahora. Así que en lo único que debe pen­sar es en la cantidad. ¡Adelante, el tiempo vuela!Mientras decía estas palabras, cogió el dorado reloj de arena que estaba sobre la mesa y le dio la vuelta.El joven no tardó nada en meterse en el juego, si se lo podía llamar así, dado que esa era la primera vez que se concentraba tanto en toda su vida. Todo tipo de cifras absurdas le pasaron de manera incontrolada por la ca­beza. El tiempo se acababa, y cuando cayó el último gra­no de arena todavía no se había decidido por ninguna cifra.—Bien —dijo el millonario, que no había apartado su mirada del reloj de arena ni un instante—. ¿Cuál es la cifra que ha pensado?El joven escribió la que le pareció qué estaba más a su alcance. Con dedos temblorosos anotó cada uno de los números.—¡30.000 libras! —exclamó el millonario—. Es muy poco, pero, de todas maneras, es un comienzo. Hubiera preferido que fueran 300.000 libras. Tendrá que trabajar mucho para llegar a convertirse en un mi­llonario instantáneo. Pero ya lo verá. Este trabajo no es tan cansado como la mayoría de la gente se lo imagina. Sin embargo, será el más importante que haya hecho nunca, no importa la clase de ocupación que acabe es­cogiendo. Se llama trabajar sobre uno mismo. 7 En el que el joven aprende el valor de la autoimagen El joven no había desayunado y el desgaste emocio­nal que había sufrido durante la noche anterior había aumentado su apetito. De repente, entró el ma­yordomo, llevando una bandeja con café y cruasanes, y desayunó mientras continuaba la lección, que prosiguió de la siguiente manera:—Voy a formularle una serie de preguntas —dijo el Millonario Instantáneo— para ayudarle a que com­prenda lo que le ocurrió durante su minuto de refle­xión, que, para usted, seguramente ha sido muy corto.—Efectivamente, lo ha sido.—La primera observación que debe hacer es que la cantidad que ha escrito sobre este trozo de papel signi­fica mucho más de lo que usted piensa. De hecho, esta cantidad representa casi hasta el último penique lo que usted cree que vale. A sus ojos, quiera admitirlo volun­tariamente o no, usted vale 30.000 libras al año. Ni un penique más ni un penique menos.—No entiendo por qué dice eso —observó el jo­ven—. El hecho de que yo haya escogido esa cantidad en particular significa que pienso con claridad y que tengo los pies bien puestos en el suelo. No veo cómo po­dría ganar más en estos momentos. Después de todo, no tengo ningún título, el saldo de mi cuenta en el banco está prácticamente a cero y estoy en paro.—Su forma de pensar es válida, no lo dudo, y la respeto. El único problema es que esta actitud es la cau­sa de su actual situación. Las circunstancias externas en realidad no tienen mucha importancia. Téngalo siempre muy presente: todos los hechos de su vida, sean emo­cionales, sociales o profesionales, son el reflejo de sus pensamientos. Pero, como su mente todavía no está for­mada, no puede comprender este principio. Su mente continúa aceptando la ilusión un tanto generalizada de que los factores externos juegan un papel en determinar cómo será su vida, cuando en realidad todo en la vida es una cuestión de actitud. La vida es exactamente tal cual nosotros la representamos. Todo lo que le ocurre, le su­cede debido a sus pensamientos. De manera que, si us­ted quiere cambiar su vida, debe comenzar por cambiar sus pensamientos. No dudo que usted considera todo esto un tanto trivial. Muchos individuos niegan obsti­nadamente este principio.Al darse cuenta de que el joven estaba pendiente de cada una de sus palabras, el millonario añadió rápida­mente:—Todos los que han conseguido grandes cosas en la vida, no importa en qué campo, siempre han ignora­do las objeciones planteadas por los pensadores racio­nales y los intelectuales. No importa lo que digan, sus pensamientos son en esencia materialistas. No dejan de discutir y razonar sobre todas las cosas. Pero, si lo mi­rarnos bien, sus discusiones son bastante estériles.»Sin embargo —continuó— no debe usted creer que estoy en contra de la inteligencia. Muy al contrario. La lógica y el razonamiento son necesarios para conse­guir el éxito. Pero no suficientes. Deben ser instrumen­tos y fieles sirvientes, nada más. No obstante, en la ma­yoría de los casos, se convierten en obstáculos en el camino de los grandes logros, que son creados sólo por aquellos que tienen fe en los poderes de la mente. Estas personas de éxito jamás permiten que las circunstancias les preocupen demasiado, y esto atrae la fortuna hacia ellos, de una forma casi milagrosa. Si se fija con aten­ción, verá que las circunstancias que tuvieron que afrontar en el pasado los grandes triunfadores no eran diferentes a las que debieron hacer frente sus contem­poráneos. A menudo, por cierto, estas circunstancias fueron incluso más difíciles, pero esta situación simple­mente les llevó a buscar aún con más ahínco en sus re­cursos interiores. Todos estos triunfadores creían firme­mente que conseguirían grandes logros. Todos aquellos que se hicieron ricos estaban profundamente convenci­dos de que se harían ricos. Y por eso triunfaron.«Pero volvamos a nuestro trozo de papel —conclu­yó el anciano— y respóndame a esta pregunta. Esta ci­fra de 30.000 libras que ha escrito no es, con toda se­guridad, la primera cantidad que se le ha pasado por la cabeza, ¿verdad?—Tiene usted razón, no lo es.—¿Y cuál ha sido la primera?—No se lo podría decir. Mi cabeza estaba llena de cifras.—¿Por ejemplo?—Bueno, 50.000 libras.—¿Y por qué no la ha escrito?—No lo sé. Supongo que me ha parecido que estaba totalmente fuera de mi alcance.—Lo seguirá estando hasta que usted crea que pue­de conseguirla. Dado que ha comenzado con sólo 30.000 libras, tenemos una tarea urgente por delante; de lo con­trario tardará muchísimo tiempo en convertirse en millo­nario. Así que escriba la cifra más alta que a usted le pa­rece que puede conseguir.El joven le obedeció. Tras un instante de reflexión, apuntó 40.000 libras.—¡Felicidades! —respondió el Millonario Instan­táneo—. Acaba de ganar usted 10.000 libras en un se­gundo. ¿No está mal, eh?—Pero todavía no las he ganado.—Es como si lo hubiera hecho. Ha dado un gran paso. Ha aumentado su autoimagen al considerar que podría ganar 40.000 libras en lugar de 30.000. No es un enorme avance, pero de todas maneras es un adelanto. Después de todo, Roma no se construyó en un día. Den­tro de usted hay una ciudad oscura, una especie de Roma, y ciertamente lo mismo les ocurre a todos los se­res humanos. Por asombroso que parezca, esta ciudad es exactamente como usted se la imagina. Es sorprendente­mente flexible. El tamaño de su ciudad depende de la cir­cunferencia exacta que usted le asigne. Poca gente sabe que esta ciudad interior existe. Los límites que usted le fija son conocidos comúnmente como su «autoimagen». Al aumentar la cifra que usted ha escrito, ha puesto en movimiento el proceso de expansión de los límites de su ciudad. Y su Roma interior ha crecido al mismo tiempo. Todos los sabios pensadores han dicho durante siglos que la mayor limitación que el hombre puede imponerse a sí mismo, y en consecuencia el obstáculo más grande a su triunfo, es mental. Amplíe sus límites mentales y amplia­rá su vida. Las condiciones de su vida habrán cambiado como por arte de magia. Esto se lo juro solemnemente.—Pero ¿cómo puede saber cuáles son mis limita­ciones mentales? —preguntó el joven—. Todo esto me parece admisible pero, al mismo tiempo, bastante abs­tracto.—Acabo de explicarle cómo encontrar los límites que encierran su mente y que se corresponden a su pro­pia imagen —le contestó el millonario—. Usted lo ha plasmado en términos concretos al escribir esa cifra. Es fascinante ver lo fácil que resulta descubrir lo que cada individuo piensa realmente de sí mismo. Cada vez que alguien realiza este ejercicio, una sola cifra revela inme­diatamente su verdadera autoimagen. Se ve enfrentado con sus limitaciones mentales, que se corresponderán exactamente con los límites que encontrará en la vida. La vida se inclinará ante los límites que él se ha fijado a sí mismo, sea o no consciente de este hecho. Lo más trá­gico de todo esto, es que las personas que generalmente fracasan son las menos conscientes de estos principios clave del éxito y la fortuna. Por el contrario, los indivi­duos de éxito son conscientes de este fenómeno y han hecho todo lo posible para trabajar en su autoimagen. Al principio —prosiguió—, la forma más fácil para con­seguirlo es coger una hoja de papel en blanco y escribir cada vez cantidades más grandes. En cualquier caso, una cosa está bien clara. No podrá hacerse rico si no está convencido de que puede hacerlo. La imagen que usted cree de sí mismo debe corresponder a la de una persona que puede hacerse rica. Así que vamos a reali­zar otra vez nuestro pequeño ejercicio. Esta vez escriba una cifra más arriesgada.El joven pensó por unos instantes y luego, sin con­trolar su inquietud, anotó 60.000 libras, confesando, inmediatamente, que eso era el máximo que podía tener esperanzas de ganar.—Tal vez sea el máximo que tenga esperanzas de ganar, pero de ninguna manera es el máximo que usted puede ganar. Es una cifra bastante modesta. Algunas personas la ganan en un mes, otras en una semana, in­cluso en un día, cada día del año. En cualquier caso, permítame que le felicite. Ha hecho usted un progreso asombroso, ha doblado su autoimagen y extendido considerablemente sus límites mentales. No tanto como yo hubiera deseado, pero no quiero meterle prisa. Tiene que comenzar por fijarse un objetivo que considere atrevido, pero al mismo tiempo razonable. De otra ma­nera, le resultaría demasiado difícil creer en ello. El se­creto de una meta es que debe ser al mismo tiempo am­biciosa y estar a su alcance. Jamás lo olvide cuando al final tenga que fijarse una meta. Por otro lado, tampo­co se olvide de que la mayoría de las personas son su­mamente conservadoras. Tienen miedo de que sus limi­taciones mentales se rompan. Las han convertido en una especie de hábito. Están acostumbradas a llevar una existencia mediocre y no quieren más, convencidas de que así es la vida. Están demasiado asustadas para soñar. Pero usted no debe tener miedo de ampliar sus lí­mites mentales, ya que con el simple hecho de escribir una serie de cantidades cada vez más grandes, vea lo que se puede conseguir en una hora. Por ejemplo, fíjese en usted mismo. Ha conseguido doblar su objetivo en cuestión de minutos. Más tarde —prosiguió—, cuando esté a solas en su cuarto, haga el siguiente ejercicio. Siéntese en la intimidad de su dormitorio y escriba el curso de su destino financiero de la siguiente manera. Anote: dentro de seis años, a partir de hoy, me conver­tiré en millonario. Esta es la aplicación práctica de mi secreto para convertirse en millonario instantáneo. Pro­bablemente no estará de acuerdo con el hecho de que tendrá que esperar seis largos años para hacerse millo­nario. Lo comprendo, pero sólo le llevará un segundo girar la llave secreta que le asegurará su destino finan­ciero y su fortuna. En cuanto a mí, a pesar de que co­mencé con 10.000 libras que me prestó un viejo millo­nario, me costó exactamente cinco años y nueve meses hacer mi primer millón. A partir de entonces, he pros­perado utilizando la misma fórmula cada vez. Esta fór­mula siempre ha sido objeto de burla por parte de mu­chas personas, y esto no va a cambiar. Sin embargo, ¡los que se reían tanto, no son ricos!El joven movía la cabeza, pensativo. En realidad, no sabía qué decir. Estaba convencido a medias. Pero todo eso le resultaba demasiado fácil.—Como es obvio —continuó el Millonario Instan­táneo— la fórmula sólo es válida para aquellos que quieran convertirse en millonarios. Al fin y al cabo, no todo el mundo tiene esta ambición. Y esta es precisa­mente la belleza de este secreto. Vale perfectamente para cualquier tipo de sueño, desde el más modesto al más extravagante. Le puede hacer ganar 5.000 libras extras al año o doblarle los ingresos anuales, algo que, por cierto, es completamente factible. Así que, si no le importa, váyase un rato a su habitación mientras yo vuelvo a mis preciosas rosas, y escriba la frase que le he dicho: dentro de seis años a partir de hoy, me habré he­cho millonario. Por lo tanto, el..., escriba el día, el mes y el año, seré millonario. Asegúrese de que toma nota de cualquier cosa que se le pase por la cabeza, no importa lo que sea. Encontrará unas cuantas hojas de papel en el escritorio. Y no olvide lo que le voy a decir: mientras no se acostumbre a la idea de que se convertirá en millona­rio, mientras no lo integre en su vida, y por lo tanto en sus pensamientos más íntimos, nada podrá ayudarle a hacerse millonario. Ahora vaya y reflexione sobre mi fórmula, que se convertirá en el principio que le guiará durante los primeros seis años. 8 En el que el joven descubre el poder de las palabras Una hora más tarde, el mayordomo fue a buscar al joven, que no se había dado cuenta del paso del tiempo, de tan enfrascado como estaba con el ejercicio que el excéntrico millonario le había propuesto.El mayordomo le explicó que el señor le esperaba en el jardín, y le acompañó hasta allí, sin decir nada más. Su anfitrión estaba sentado en el mismo banco donde le había encontrado el primer día, contemplando una rosa recién cortada. Alzó la cabeza cuando le oyó venir. Parecía en éxtasis; una gentil sonrisa iluminaba su rostro.—Y bien, ¿qué tal ha ido? —preguntó—. ¿El ejerci­cio le ha dado resultado?—Sí, lo ha dado. Pero tengo un montón de pregun­tas que formularle.—Para eso estoy aquí —replicó y le invitó a que se sentara a su lado.—Lo que más me preocupa —manifestó el joven— es que no entiendo de ninguna de las maneras cómo puedo convertirme en millonario a partir de hoy, aun­que escriba esta frase loca y medite sobre ella. Mi pre­gunta es: ¿cómo puedo convencerme a mí mismo de que me haré millonario si ni siquiera sé en qué quiero tra­bajar? Y, además, todavía soy demasiado joven para pretender ser millonario.—Esto no representa ningún problema. Muchísimas personas se han hecho ricas mucho más jóvenes que us­ted. La edad no es una barrera. El principal obstáculo es desconocer el secreto, o conocerlo y no aplicarlo. En rea­lidad, hay un único medio para conseguirlo. Y es el mis­mo que ha utilizado para persuadirse a sí mismo de que no podría convertirse en millonario a pesar de que lo de­seaba. Durante los próximos días o en unas pocas sema­nas, como máximo, usted desarrollará la personalidad de un millonario instantáneo. Como es lógico, le costará algún tiempo desmontar todo lo que ha construido du­rante años. El secreto reside en las palabras, combinadas con las imágenes, que es la forma particular que tienen los pensamientos de expresarse a sí mismos. Cada pen­samiento tiende a manifestarse en su vida de una mane­ra u otra. Cuanto más fuerte sea el carácter de una per­sona, más poderosos serán sus pensamientos y más rápidamente tenderán a convertirse en realidad, forman­do así las circunstancias de su vida. Esto, indu­dablemente, inspiró a Heráclito su sabia máxima: «El carácter es igual al destino». El deseo es lo que mejor apoyará sus pensamientos. Cuanto más apasionado sea su deseo, con más rapidez aparecerá en su vida la cosa que desea. La forma de hacerse rico es desearlo fervien­temente. En cada aspecto de la vida, la sinceridad y el fervor son los ingredientes necesarios para el éxito.—Todo esto está muy bien y deseo con toda since­ridad hacerme rico —replicó el joven—. He hecho todo lo que estaba a mi alcance para conseguirlo. Pero nada ha dado resultado.—El deseo ardiente es necesario, pero no suficiente. Lo que le falta es fe. Usted debe creer que se convertirá en millonario.—¿Y cómo puedo conseguir esa fe?—He leído muchísimos libros sobre este tema. Y lo que mi propio maestro me enseñó se corresponde a las conclusiones a las que se llega en ellos. La única mane­ra de tener fe es repitiendo las palabras. Las palabras tienen un impacto extraordinario en nuestra vida inte­rior y exterior. La mayoría de las personas desconocen totalmente este principio o no lo utilizan... Perdón, re­tiro esto último, utilizan el poder de las palabras, pero en general en detrimento propio. Las palabras son om­nipotentes.—No quisiera contradecirle —dijo el joven— pero creo que está usted exagerando. No puedo entender cómo las palabras pueden ayudarme a convertirme en millonario. Pueden tener una cierta importancia, pero estará de acuerdo conmigo en que será sólo relativa.El Millonario Instantáneo no respondió a las obje­ciones del joven. Estaba ensimismado en sus pensa­mientos. Entonces, de repente, dijo:—En el escritorio de su habitación, he dejado un viejo escrito que explica esta teoría de una forma muy clara. Por favor, vaya a buscarlo. Es muy breve. Léalo y después vuelva a aquí conmigo. Continuaremos nuestra charla más tarde. Si desea disponer de mayor intimidad cierre la puerta de su dormitorio.El joven hizo lo que le había pedido. Volvió a su habitación, cerró la puerta y comenzó a buscar el escrito en el escritorio. No encontró nada, aparte de una carta que, al parecer, iba dirigida a él, aunque su nombre no estaba escrito en el sobre. En letras muy claras ponía:CARTA A UN JOVEN MILLONARIO.La abrió. En el papel había una sola palabra escri­ta en tinta roja:ADIÓS. Estaba firmada: El Millonario Instantáneo.El corazón del joven comenzó a agitarse en su pe­cho, y en aquel momento, oyó un sonido. Se dio la vuel­ta y vio un ordenador que no había visto antes. Alguien debía haberlo puesto ahí durante su ausencia. La im­presora estaba funcionando. Se acercó a la máquina y comenzó a leer el texto. Era una sola frase que se repe­tía una y otra vez:LE QUEDA UNA HORA DE VIDALE QUEDA UNA HORA DE VIDALE QUEDA UNA HORA DE VIDALE QUEDA UNA HORA DE VIDALE QUEDA UNA HORA DE VIDASi se trataba de una broma, era de muy mal gusto. Sin embargo, tenía que tratarse de una broma. ¿Por qué querría verle muerto el Millonario Instantáneo? Él no le había hecho nada. Pero todo era tan extraño en ese lu­gar. Tal vez ese hombre no fuera más que un loco, que ocultaba sus instintos asesinos tras un manto de falsa bondad.El joven estaba sumamente confundido. Pero tenía una cosa clara: se tratara o no de una broma, no estaba dispuesto a correr riesgos. Escaparía de allí, se olvidaría del cheque, del secreto y de las teorías mágicas que el millonario había empleado para engañar a su ingenuo visitante.Dejó caer la carta al suelo y fue hasta la puerta, pero estaba cerrada con llave. Le sobrecogió el pánico. Comenzó a tirar furiosamente del picaporte, tratando de forzar la puerta, pero sin éxito alguno. Esta vez, el millonario había ido demasiado lejos.En ese momento fue preso de la más completa de­sesperación. Corrió hasta la ventana y vio al millonario trabajando en su jardín. Sin detenerse a considerar si lo que hacía tenía el menor sentido, comenzó a gritar con toda la fuerza de sus pulmones. Nadie le respondió. Gritó todavía con más fuerza. Una vez más. Nadie le respondió. ¿Es que el millonario era sordo? No se lo ha­bía parecido cuando había hablado con él. Entonces apareció el mayordomo en el jardín. Le llamó con gritos histéricos. Pero fue como gritar en el desierto.¿Qué clase de horrible pesadilla estaba teniendo? No era posible que los dos se hubieran vuelto sordos de repente. Volvió a gritar. Apareció otro sirviente, unos pocos pasos detrás del mayordomo. Pero tampoco pa­reció escuchar en absoluto sus gritos de auxilio. El jo­ven se fue desesperando más y más, a medida que pasa­ban los minutos. Sin lugar a dudas, era víctima de un insidioso y bien tramado plan, y había caído directa­mente en manos del enemigo.Volvió a pensar en la posibilidad de escaparse por la ventana. Pero reconoció que era demasiado arriesga­do. Se rompería la crisma. De pronto, vio el teléfono. ¡Era un verdadero idiota! ¿Cómo es que no se le había ocurrido antes? ¿A quién llamaría? ¿A la policía? ¿Y qué pasaría si todo esto no fuera más que una broma y quedara como un mentiroso?Marcó el número de información. La telefonista te­nía una voz muy extraña, pero cuando le dijo que que­ría comunicarse con la comisaría de policía más cerca­na, le dio el número. Lo marcó rápidamente, pero comunicaba. ¡Qué sonido tan desagradable! Volvió a marcar. Seguía comunicando. Evidentemente, no era su día. Lo intentó una vez más, y de repente, se dio cuenta de que el número que estaba marcando lo tenía delante de sus ojos, no porque él lo hubiera anotado, sino por­que correspondía al teléfono que estaba utilizando. Es­taba llamando a su propia habitación. ¡Qué engaño!Una vez más intentó forzar la puerta, pero sus es­fuerzos fueron inútiles. Así que volvió a la ventana. En­tonces, vio a un hombre que se acercaba a la casa. Iba vestido con una amplia capa negra y un gran sombrero de alas anchas. A esas alturas, estaba casi sofocado por el terror. ¿Sería un asesino a sueldo que venía a matar­le? Estaba atrapado como una rata. Iba a morir. No te­nía forma de escapar.Inmediatamente, escuchó unos pasos que se acerca­ban lentamente a la puerta. Estaba en lo cierto. Había llegado su hora. Se apartó de la puerta, buscando a iz­quierda y derecha algo con qué defenderse. Escuchó gi­rar la llave en la cerradura. Se movió el picaporte y la puerta se abrió. Allí, de pie en el umbral había una som­bra deformada y oscura, que rápidamente se transformó en la figura de un hombre. En un primer momento, no dijo ni una sola palabra. Simplemente, permaneció allí, inmóvil, como una estatua. De pronto, metió una mano en el bolsillo. El joven pensó que iba a sacar una arma. Pero no fue así, ya que lo que sacó de él aquel inquie­tante y misterioso desconocido fue una carta. Al mismo tiempo, levantó el ala de su sombrero y el joven, completamente hipnotizado, esperando sin aliento lo peor, vio la cara del millonario que resplandecía de malicia.—Ha olvidado usted su carta en el jardín —dijo el Millonario Instantáneo, cuyo disfraz, superados ya sus temores, le pareció muy divertido al joven—. ¿Ha en­contrado el escrito?—No, no lo he encontrado. En cambio he podido leer esto —replicó el joven, ahora ya completamente tranquilizado ante el tono de voz amistoso del anciano.Se agachó y recogió la carta del suelo.—¿Cuál es el significado de toda esta grotesca far­sa que acaba de interpretar? —quiso saber el joven—. Podría demandarlo si...—Pero... si no son más que palabras, unas pocas palabras escritas sobre un trozo de papel. ¿De verdad que me llevaría ante los tribunales por un insignificante trozo de papel? ¿No me había dicho que no creía en el poder de las palabras? Mire usted el estado en que se encuentra...El joven comprendió de pronto a qué se refería el millonario.—Yo sólo quería darle una rápida lección. La expe­riencia enseña mucho mejor que la mera teoría. Para de­cirlo en pocas palabras, la experiencia es vida. ¿No era ésta la filosofía de Goethe? Gris es el color de la teoría; verde el color del árbol de la vida. ¿Comprende ahora el poder que tienen las palabras? —prosiguió el anciano—. Y otra cosa: su poder es tan grande que ni siquiera nece­sitan ser verdad para que tengan efecto sobre la gente. Le aseguro que en ningún momento he tenido intención de matarle.—¿Cómo iba yo a saberlo? —exclamó el joven, que se iba tranquilizando poco a poco.—Podría haber empleado su cabeza para pensar un poco. ¿Por qué demonios iba a querer matarle? Usted jamás me ha hecho ningún daño. Y, aunque me lo hu­biese hecho, jamás me hubiera vengado de este modo. Todo lo que deseo es cuidar mi rosaleda, que es sólo un pálido reflejo del hermoso jardín que me aguarda. Us­ted tendría que haber confiado en su sentido común. Sin embargo, ¿se ha dado cuenta de la poca fuerza que tie­ne la lógica en una situación como ésta? Cuando usted nos ha llamado desde la ventana del dormitorio, y no­sotros hemos simulado no oírle, estaba realmente deses­perado. El error que ha cometido no ha sido leer la amenaza, que era pura invención, sino creérsela. Al ha­cerlo, ha obedecido instintivamente a una de las gran­des leyes que gobiernan la mente humana. Cuando la imaginación y la lógica están en conflicto, la primera in­variablemente es la que triunfa. Su gran equivocación ha sido desesperarse por una amenaza que ni siquiera iba dirigida a usted.

El millonario se acercó entonces a la impresora, la detuvo y arrancó la hoja de papel. Se la enseñó al joven, que se quedó pasmado al comprender que la amenaza no tenía nada que ver con él. Al comienzo de la página estaba escrito un nombre: GEORGE STEVENS. El joven se sintió avergonzado. Se había dejado llevar por la deses­peración por algo que sólo era fruto de su imaginación.

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